Purpulem: "Peleo por un arte sensible, que hable, que comunique"

Mano a Mano 19 de agosto de 2019
El artista plástico Lucas Abrate reflexionó sobre qué aporta el arte en la sociedad moderna y habló de la muestra que expone actualmente: Ternura. "En nuestro fluir natural nos terminamos sintiendo un poco vacíos", consideró.

El artista plástico Lucas Abrate (Purpulem) estrenó hace pocos días su nueva muestra llamada Ternura, que se exhibe en el Colegio de Arquitectos de San Francisco. Creadas con elementos que encontró como basura en la calle, busca reconvertirlos y dar un mensaje de luz, de esperanza en medio de lo desechable.

El artista sanfrancisqueño tiene una larga trayectoria de intervenciones en espacios públicos, aunque desde hace unos años también expone en salas, como el Museo de la Ciudad. En una charla con Gabriel Pecile en Mano a Mano, uno de los ciclos de entrevistas de El Periódico TV, Abrate reflexiona sobre el tipo de arte que busca y rechaza la idea de que ser artista en San Francisco sea más difícil que en otros lugares. 

¿Qué es para vos ser artista plástico?

Dentro de las artes visuales hay como disciplinas y yo siempre me volqué a la pintura tradicional sobre el bastidor, lienzo y madera. No sé si hay una respuesta, yo creo que el arte es indefinible. Y esa es la definición del arte para mí, no se puede definir. Personalmente me pasa que el arte también es una excusa, es buscar una imagen o algún tipo de goce estético a través de la pintura y de la forma. Para mí primero lo fue para encontrar amor, para sobrellevar la existencia, por qué nos arrojan a existir y tenemos que ver qué hacemos. Cada uno busca su herramienta, entonces de pibe encontré esta.

¿A qué edad?

No sé, de muy chico. Después me fui apasionando y se volvió esto con una parte fundamental inclusive laboral de mi vida. ¿Que es el artista plástico? Es pasión, es entrega, es un creer y reencontrarse con una alquimia esencial de lo humano. Inclusive poder llegar a esferas también que no son muy palpables.

También es no solo encontrarse con el propio ser, expresarse, sino encontrarse con el otro, que ve esta forma de decir particular que tiene el artista y de interpretar el mundo.

Sí, la termina el espectador que se para al frente de la obra. Se termina la obra cuando la ve otro.

Y de ahí se abre en muchísimos mundos más.

Sí, uno la suelta a la obra. Uno se hace cargo hasta ahí nomás de lo que siente el otro, porque ya la largó. Me ha pasado en una muestra de que una piba se paró al frente de una obra y se largó a llorar; esa obra le remitió a una experiencia de vida con su padre, con su familia. 

Se resignificó ahí en su interpretación tu obra.

Exactamente. El arte para mí necesita ciertos factores más allá de la técnica para que sea arte. Signos, símbolos, metáforas, y en el medio de todo eso esos conceptos pueden disparar millones de cuestiones.

Uno de tus proyectos que se vivió en muchos ámbitos es el de "Palabras llaves". ¿Cómo se gestó y qué fue "Palabras llaves"?

Creo que en algún punto fue resultado de esa experiencia del arte como como curativo para mí. Siempre hice percusión y una de mis ideas fue unir los tambores con la plástica. Empecé a encontrar este sonido en las palabras y pasarlas a la imagen. Yo venía grafiteando o pintando murales y se me ocurrió armar un proyecto de usar la palabra como disparador. Ningún mural tiene boceto dentro del proyecto, ponía la palabra y salía lo que salía. Y así empecé a pintar en un montón en instituciones, clubes y un montón en la calle, inclusive en lugares icónicos como los molinos, la Escuela del Trabajo o la Escuela Núñez.

Ahí cobra otra dimensión la obra y el hecho artístico, porque no es sólo en tu taller frente al lienzo sino con la comunidad.

El taller era en la calle, uno pinta en la calle con todo lo que va pasando. Tuvo un impacto tremendo para mí, me abrió muchas puertas y la gente lo tomó re bien. En San Francisco ser artista uno cree que fracasa, que en algún punto la ciudad no es una ciudad que pueda contener una movida artística.

¿Por qué se piensa eso?

Porque creo que somos, y yo me pongo adentro, una raza especial, con una idiosincrasia muy particular, muy excepcional. Pero cuando hice Palabras llaves tuve una respuesta impresionante. Creo que se puede y que de hecho hay una movida artística. Y en el medio de esa movida se abre un centro cultural que es un mastodonte, que hasta parecería que queda chica la ciudad para tremenda movida y no es así. Acá hay un talento impresionante, acá el artista que hace arte es talentoso. Sí cuesta, pero no cuesta más que Nueva York. No es tan difícil llegar al otro. Como artista nunca tenés un camino a seguir con una línea, tengo esta ecuación y me va a dar este resultado, no. Es como un emprendedor, vas haciendo y te va saliendo. Vas fracasando, aprendiendo y teniendo tus éxitos.

Has pasado de "Palabras llaves" a exponer en salas, con estas dos últimas muestras. Una está en marcha en este momento en el Colegio de Arquitectos, que se llama "Ternura". ¿Qué podemos encontrar ahí?

Basura. Ternura está hecha todo con elementos recuperados de la calle. Carne podrida era una mirada que yo tenía sobre lo espiritual, cansado un poco de eso de respirar profundo, sentir el gong tibetano y la caña de bambú. Bueno, cuando sube para adentro no hay mucho olor a sahumerio, hay olor a carne podrida. Y plantea eso, que en esencia la espiritualidad es seguir para adentro, encontrarse con nuestras cuestiones más podridas y miserables. Y planteaba un final dentro de todo feliz, poder abrazar ese dolor y construir desde ahí. Fui trabajando mucho en los barrios, en la calle, ando por todos lados caminando y empecé a ver que la calle me daba recursos como para hacer obras. Y nace Ternura, que es en la oscuridad del afuera del mundo encontrar la ternura, encontrar la luz. Y en algún punto Carne podrida y Ternura son dos cosas que son una, es el blanco y el negro que están empujando, los dos conceptos que están al mismo tiempo actuando en nosotros.

¿Cómo encontrar ternura en la basura?, ¿cómo el artista puede hacer esa metamorfosis a través de la obra?

Nuestra necesidad de afecto es primitiva, somos mamíferos. Uno necesita encontrar en lo de afuera un cachito de luz, porque si no estamos fritos. El mundo aparentemente te come, te demanda y te bombardea con imágenes e información, y en lo que creemos que es nuestro fluir natural nos terminamos sintiendo un poco vacíos. El afecto, esa cercanía con el otro, es lo que nos sostiene como humanos.

Parece que vamos cada vez más a ser como un número en un algoritmo para los que controlan al mundo, que hoy es el mundo digital, sin embargo también está esa búsqueda. 

De no control. No hay que ser tan inocente, porque la tecnología hoy es una herramienta de control hecha y derecha, está para eso. Pero es lo que hay también y sobre eso hay que ver cómo se construye. Al mismo tiempo la tecnología tiene ribetes sumamente beneficiosos, eso es indudable. Pero en este bombardeo, en este control por parte del sistema tecnológico, de la inteligencia artificial, hay que encontrar una lucecita. El arte en algún tiempo fue una máscara donde la comunidad se podría reconocer. Yo hablo de nosotros, quiero un arte sensible, que hable, que comunique, que retomen valores. Por ahí el arte contemporáneo se volvió una cosa aparentemente fría, pero la idea es ir de lleno a las cosas que nos están pasando como como habitantes y como viajero de esta nave, de este planeta, ver qué hacemos con todo.

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