La historia del bar “mundial” en barrio Parque y sus guitarreadas hasta la madrugada

El Periódico 03 de febrero de 2020
Cerró sus puertas en los noventa, pero adentro conserva gran parte de su mobiliario. Juan Carlos Pereyra, su cantinero y dueño, recordó lo que fue.

Un viejo mostrador, con los achaques del paso del tiempo, permanece intacto en una casa de Uruguay 938, en barrio Parque, a metros de los semáforos de avenida San Lorenzo. Detrás, una estantería conserva viejas botellas de bebidas, sobre todo alcohólicas. Muchas de ellas ya ni se fabrican. Un Ekeko aparece entre tanto vidrio sonriente, que supo alegrar a más de uno que le ponía entre sus manos de arcilla un cigarrillo. Estatuillas de santos, vasos y copas.

El lugar es pequeño y la humedad pinta sus techos y paredes, pero jura Juan Carlos Pereyra, y lo asienten sus sobrinos a su lado, que en las frías tardes y noches de invierno entraban unas cincuenta personas. Eso sí, muy apretados.

Se trata del bar conocido en sus comienzos con el mote del “laucha” o el “ratón”, tal como lo apodaban a su creador Luis Pereyra, padre de Juan Carlos.

Pese a que ya no funciona, el sitio conserva el espíritu de lo que fue durante unas cinco décadas: un espacio de ocio destinado a la clase trabajadora.

Pereyra hijo tiene 64 años y se hizo cargo del bar a los 14, cuando falleció su padre. Es de corta estatura, cabello cano y de memoria envidiable. Mientras camina por lo que ahora es su casa va recordando lo que había en cada rincón.

El bar funcionó hasta inicios de la década del noventa. Pereyra lo cerró para buscar nuevos aires en algunos clubes de la ciudad, pasando por los bares de San Lorenzo y Roca, por ejemplo.

Pasaron varios años y dejó la labor de cantinero. Se las rebuscó como peón de albañil, levantó quiniela y hasta cuidó casas para subsistir. Mientras tanto, el Mundial seguía con su mostrador y estanterías intactas, tanto fue así que en 1999 lo volvió abrir, aunque ya no fue lo mismo.