"El abuso sexual contra la infancia es el delito más impune"

Mano a Mano 24 de septiembre de 2019
Sebastián Cuattromo viaja por el país para concientizar y exponer la realidad de los abusos sexuales a los niños y adolescentes. En una entrevista con El Periódico TV, contó su propia historia como víctima y la importancia que tiene salir del aislamiento individual.
La charla en Mano a Mano, el programa que conduce Gabriel Pecile.

Hay estadísticas a nivel mundial que subrayan que uno de cada cinco niños, niñas o adolescentes sufren abusos sexuales. En nuestra comunidad muchos de estos casos no salen a la luz y quedan silenciados. Y pocos también llegan a la Justicia.

En el marco de esta problemática y también de la violencia familiar días atrás se organizó una charla y llegaron a nuestra ciudad los fundadores de la organización Adultxs por los Derechos de la Infancia. Uno de ellos es Sebastián Cuattromo, quien vivió como víctima el drama del abuso sexual infantil y recién diez años después pudo contarlo en el marco del juicio en el que fue condenado su abusador.

En una entrevista con El Periódico TV, en el programa Mano a Mano, Cuattromo narró cómo transformó su difícil historia en su infancia y adolescencia en un motivo para luchar y que lo lleva hoy por distintas ciudades del país haciendo visible este problema y la necesidad de que desde el Estado y las políticas públicas se otorgue prioridad a esta gravísima situación. 

¿Cómo nace Adultos por los Derechos de la Infancia? Sabemos está vinculado con tu historia personal.

Así es, nace en el año 2012 a partir del momento en que se publica mi larga historia de dolor y de lucha como víctima de abuso sexual en la infancia. en ese momento, más de 20 años después de haber sido víctima del delito, pude lograr que mi abusador sea juzgado y condenado por la justicia a 12 años de cárcel por el delito de corrupción de menores calificada reiterada. yo había sufrido el delito siendo alumno de un colegio en la ciudad de buenos aires, llamado Marianista, y mi abusador al igual que de otros niños fue un entonces religioso marianista y docente llamado Fernando Picciochi. En ese juicio hice pública mi historia por primera vez, con el sentido de que mi largo camino de dolor pudiera empezar a servirle a los demás. En ese momento tuve la suerte de conocer a Silvia Piceda, cofundadora, que ya venía dando una larga lucha como mamá defendiendo a su hija frente a un progenitor abusador y había sido víctima de abuso en la infancia. Cuando nos conocimos fue muy dichoso el encuentro por las coincidencias profundas en cuanto a los porqué de nuestras luchas. También tuvimos la suerte de enamorarnos y somos pareja, y ese es el camino desde hace siete años que nos lleva por todo el país y que en estos días nos ha traído a San Francisco.

Desde tu historia personal, ¿qué sentiste que había que hacer? Porque tu historia fue también cargar muchos años con el dolor de haber sido abusado y no poder decirlo por lo que implica un contexto de familia, de sociedad, muchas veces adverso para que esas cosas se conozcan.

En mi caso sufrí el delito de abuso sexual cuando tenía 13 años, estaba terminando mi escuela primaria en ese colegio Marianista y durante 10 años no pude hablar de lo que me había pasado. A lo largo de toda mi adolescencia y mi primera juventud no pude ponerlo en palabras, no pude pedirle ayuda a ninguno de los adultos responsables por mi cuidado en aquel momento, tanto a nivel familiar, donde vivía en una casa con mamá, papá y hermanas, y donde también estaban presentes abuelas, abuelos, tías, tíos. Y en ninguno de esos vínculos familiares sentí que tenía la confianza para poder contar y pedir ayuda ante lo que estaba sufriendo.

¿Por qué pasa eso?

En mi caso porque en un contexto de familia donde lejos de estar protegido y cuidado, al contrario, me tocaba sufrir distintos tipos de violencias físicas, emocionales, distintos tipos de malos tratos. Yo estaba convencido que no tenía margen como para poder confiar tamaña situación. Y desgraciadamente ese clima que yo padecía en mi casa se correspondía con el del colegio Marianista donde era alumno y víctima del delito. Un colegio donde imperaba una cultura autoritaria, machista, y donde había múltiples abusos de poder en las relaciones entre adultos y niños, con docentes y alumnos religiosos. Claramente tampoco estaban dadas las condiciones para que los niños que en ese momento éramos alumnos y víctimas de tamaño delito pudiéramos ir a pedir ayuda o confiar en ese colegio.

Cuando uno ve las estadísticas realmente son pavorosas. Como ustedes dicen, una de cada cinco niñas padecen abuso, y uno de cada 13 niños. Y además la mitad o más son intrafamiliares. ¿Cómo se cambia esa realidad?

Nuestra práctica pública de todos estos años corrobora esa masividad, que se debe fundamentalmente a que donde más sucede es en el ámbito intrafamiliar y en todos los sectores sociales culturales y económicos. Para nosotros una herramienta fundamental es traerlo a la visibilización pública, a la agenda colectiva y esto vemos de manera esperanzadora que cada vez viene creciendo más por la presencia de adultos sobrevivientes o adultos protectores de niñas y niños víctimas. Pero todavía es muy largo el camino. Muchas veces sigue siendo un tema tabú, la fuerza de negación es muy grande, porque el abuso sexual contra la infancia entre otras cosas como adultos es algo que nos resulta profundamente incómodo. Entonces nos resulta mucho más fácil hacer de cuenta que no pasó nada, demos vuelta a la página. Es tan masivo que están entre nosotros, son nuestros familiares, nuestros compañeros de trabajo, personajes públicos. Muchas veces quienes terminan siendo silenciados, silenciadas y hasta vistos como supuestos locos o locas son las víctimas, las y los sobrevivientes adultos que muchas veces recién años después pueden empezar a compartir sus verdades. Y muchas veces las víctimas son quienes tienen que cargar con el supuesto peso de romper con la paz familiar. Muchas veces todavía se opta por seguir como si nada hubiera pasado y esto se corresponde con un altísimo nivel de impunidad que tiene este delito. Se sostiene que de los abusos menos del 10 por ciento llega a al Poder Judicial y sólo uno termina en condena, es decir de cada mil abusos que suceden 999 quedan impunes. Para empezar a transformar esta injusticia, como comunidad empecemos por asumirla, a darle el lugar de prioridad que tendría que tener en nuestra agenda pública.

Fuera de cámara decías que estás contento por el hecho de que se abran espacios donde poder charlar de estos temas. ¿Qué te llevás de estas charlas? ¿qué recibís de la gente?

Por un lado muchísima esperanza porque vemos que cada vez somos más las y los adultos sobrevivientes de este delito, los protectores de niñas y niños víctimas que empezamos a hacernos presentes con nuestras luchas en la escena pública, que nos vamos organizando. Eso es muy esperanzador. En todos lados a su vez vemos una enorme necesidad de poder hablar, de poder compartir este dolor. En Buenos Aires desde hace años que tenemos un espacio de encuentro solidario de pares justamente para poder escucharnos, y que también en muchos lugares del país se viene replicando. Sienten que pueden empezar a transitar ese camino de compartir sus traumas, de empezar a darle un sentido que vaya más allá de lo individual. Ese aislamiento individual en el cual hay todavía como víctima un enorme sentimiento de vergüenza, de culpa por lo que uno sufrió en la infancia, cuando la culpa y la vergüenza solamente deben ser para el agresor y sus cómplices, nunca para las víctimas. Vemos que de verdad se empieza a desandar cuando se puede salir del aislamiento individual. También vemos desde quienes sufren y luchan las grandes deudas en el Estado, desde el nivel judicial hasta el nivel de las políticas públicas. Como nota de esperanza vemos que crece cada vez más nuestro movimiento colectivo.

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